‘Un buen tipo’ – La mitad gratis de este libro para Kindle

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Un buen tipo, de Marc R. Soto, gratis para Kindle

Un buen tipo, de Marc R. Soto, gratis para Kindle

“Un buen tipo” cuenta la historia de un ladrón de poca monta decidido a dar su último golpe con ayuda de un compañero. Por desgracia, todo acaba mal y termina atado a una silla en el sótano de la casa que pretendía robar, a merced de un auténtico lunático.

A partir de ahí, la historia se vuelve frenética, las sorpresas no dejan de sucederse (la hija de quien lo tiene prisioner, su mujer, el taladro…) donde no falta ni el suspense, ni alguna escena subidita de tono ya cerca del final.

“Un buen tipo” es una novela breve de unas 70 páginas y se encuentra a la venta en Amazon por 0,89 €.

 

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UN BUEN TIPO

 

Primera parte

 

 En la niebla (1)

 

Había niebla. Mucha niebla. Blanca, densa y pegajosa niebla. Y, surgiendo de la niebla, las voces:

—Eh, la mierda de cabra abunda. Y la mierda de la cabra es…

¡El caviar más sabroso del mundo!

Risas distorsionadas, subacuáticas. Risas a través de la niebla.

Vagamente, Enrique reconocía que una de aquellas risas era la suya.

A veces, la niebla se disipaba un tanto y entonces él alcanzaba a distinguir formas borrosas, movimientos a través del velo blanco. En una de aquellas ocasiones se había visto volando. El suelo se deslizaba hacia atrás metro y medio por debajo de él. Una puerta blanca se abrió milagrosamente cuando se detuvo ante ella. Al otro lado, un tramo de escaleras descendía hacia la oscuridad. Trató de decir algo, pero de su garganta sólo escapó un gruñido sin fuerza. Un brazo apareció de la nada y le apretó un pañuelo contra la nariz. Entonces la niebla volvió.

—¿Papi?

Y con ella las voces.

A Enrique no le importaban las voces, ni las risas, porque la niebla era buena. Blanca y buena. Se interponía entre él y el mundo. Ponía distancia, y eso le gustaba. Sentía que podía ser feliz ahí, flotando en aquella nada, sin gritos, sin hambre, sin dolor.

Por eso, cuando la niebla comenzó a disiparse de nuevo, trató de aferrarse a ella con todas sus fuerzas, aunque sin ningún resultado. Se sintió pesado de nuevo, grávido, y comprendió que estaba sentado.

—No te engañes —dijo a su derecha una voz que no conocía. Las palabras sonaron arrastradas y confusas como si la niebla siguiera allí. De pronto escuchó algo más, el zumbido de un taladro eléctrico.

—A pesar de las apariencias soy un buen tipo —dijo la voz.

El zumbido aumentó de volumen y luego se volvió apagado, chapoteante. Alguien profirió un grito. El zumbido se convirtió en un chirrido; el grito, en un alarido. Un penetrante olor a virutas de hierro y carne quemada impregnó el aire.

—Calla —murmuró la voz a su derecha—. Cállate y estate quieto.

De pronto, el chirrido volvió a convertirse en un zumbido que no tardó en extinguirse por completo, al igual que los gritos.

Silencio.

Enrique entreabrió los ojos. La luz de un flexo le golpeó en el rostro. Algo se movió a su lado. Alcanzó a ver un fragmento de tela azul con salpicaduras rojas y grises.

—¿Ar… Arturo? —balbuceó.

La forma a su derecha se giró al oírle. Un instante después Enrique notó cómo algo blando y húmedo le tapaba la nariz y la boca.

El telón de niebla volvió a caer y esta vez fue como un puñetazo. Cuando su cabeza cayó hacia delante, la realidad se alejó a la velocidad de la luz. Lo que taponaba su nariz y su boca se retiró, pero a Enrique le dio igual. Su nariz y su boca estaban en otro universo.

—Otra broca a la mierda… —Sonó otra vez la voz arrastrada del desconocido.

Enrique apenas sí reparó en ella. La niebla le envolvía de nuevo. Bendita niebla. Nada importaba en la niebla.

—Eh, no te quejes, la mierda de cabra abunda. Y la mierda de cabra es…

Voces.

—¿Papi? ¿Estás ahí, papi?

Voces en la niebla.

 

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Una proposición que no podrás rechazar

 

Arturo se había presentado en su casa hacía una semana, a pesar de que en la última conversación que habían mantenido cuatro meses atrás en la sala de visitas de la Prisión Provincial Enrique le había dicho que no quería volver a saber nada de él.

—Qué coño haces aquí —dijo Enrique, apoyado en la jamba de la puerta pretendiendo aparentar más dignidad de la que sentía. El timbre le había sorprendido durante la siesta y sólo había podido ponerse una bata antes de abrir.

Frente a él, Arturo se presentaba tan impecable como siempre: chaquetón tres cuartos, pantalón con la raya perfectamente planchada, camisa y zapatos brillantes. A primera vista parecía un agente de seguros o un vendedor de enciclopedias a domicilio, pero no era necesario fijarse demasiado para descubrir que el chaquetón lucía varios remiendos, que el cuello de la camisa estaba sucio y que la suela de uno de los zapatos tenía la desagradable costumbre de despegarse y colgar como la lengua de un perro al caminar. Arturo esbozó una sonrisa de dientes desiguales cuando comprendió que Enrique no se iba a hacer a un lado.

—Joder, Quique, que soy yo.

Enrique se mantuvo inmóvil bajo el dintel de la puerta del contenedor habilitado como vivienda en el que María y él vivían desde que salió de prisión. Frente a él se extendía una zona de hierba agonizante y restos oxidados de motores y lavadoras en el que destacaba el Ford Orion que Arturo había robado aquella semana y que había dejado aparcado en un lateral del camino de tierra seca. Más allá, la valla metálica de tres metros de altura seguía el recorrido de la autovía de circunvalación; y, al otro lado, la ciudad. Aunque los primeros bloques de pisos no distaban más de cien metros a tiro de piedra, María tenía que dar un rodeo de varios kilómetros para llegar al supermercado en el que trabajaba. Tan cerca. Tan lejos.

—Oye, da igual. Mira —dijo Arturo, llevándose una mano al bolsillo del abrigo y sacando de su interior una botella—, yo invito. ¿Qué me dices, eh?

Guiñó un ojo. Enrique, a su pesar, se inclinó para leer la etiqueta de la botella: “Dyc”. Soltó una risa entre dientes. Ése era Arturo: el hombre en que las malas ideas y el mal güisqui siempre iban de la mano.

—Si me vas a decir que no te gusta, ya te puedes ir a tomar por culo, que me la bebo con otro —dijo Arturo con su mejor sonrisa de vendedor de seguros en horas bajas—. La mierda de cabra como tú abunda, y la mierda de cabra es…

—… el caviar más sabroso del mundo —terminó Enrique por él, y ambos se echaron a reír igual que en los viejos tiempos.

Enrique echó un vistazo a su reloj de pulsera. María no volvería hasta pasadas las nueve de la noche y no eran aún las cuatro y diez.

—Pasa, anda —dijo, haciéndose a un lado, consciente de que estaba a punto de meterse en un lío, pero incapaz de hacer nada para evitarlo. A fin de cuentas, así había sido su vida hasta entonces, un dejarse llevar por la corriente. Sin la corriente no era nadie. Los últimos años, la corriente había sido Arturo, pero antes lo había sido Julián, y antes de Julián (Enrique aún se estremecía al recordarla: sus ojos de gata, su melena rubia, su absoluto desprecio por todo lo que no fuera ella misma pero —madre de Dios— qué manera de follar), Samantha.

Samantha…

Ni siquiera sabía si aquél era su auténtico nombre. Se habían conocido en un bar de carretera y durante dos años habían vagado juntos por el país, cambiando de nombre con la misma frecuencia con que cambiaban de ciudad, dejando tras de sí una estela de robos de poca monta y habitaciones de hotel destrozadas. Habían sido buenos tiempos, al menos hasta que Samantha comenzó a considerar cada vez más seriamente que la evolución lógica de aquellos atracos sin importancia era el lucrativo negocio de los secuestros exprés, bebés si era posible.

Dejarla y desaparecer había sido difícil, pero olvidarla había sido más difícil aún.

“A la mierda”, dijo para sus adentros Enrique mientras Arturo pasaba al interior del contenedor y soltaba un silbido cargado de sarcasmo. “Uno es lo que es, no hay vuelta de hoja”.

Cerró la puerta, acompañó a Arturo hasta la butaca buena y después sacó un par de vasos del armario y cubitos de hielo del congelador.

—Tú dirás —dijo tras darle los vasos a Arturo para que los llenara y sentarse a continuación en la butaca mala.

—Ah… —Arturo alzó la botella ante sí y enarcó las cejas, tan teatral como siempre—. Lo primero es lo primero.

Rompió el sello y llenó ambos vasos hasta la mitad. Le alcanzó a Enrique uno de ellos mientras levantaba el otro a la altura de los ojos.

Chin chin…

—Déjate de gilipolleces —dijo Enrique—. ¿Cuándo hemos brindado nosotros?

—A lo mejor dentro de poco, y con champán.

Enrique interrumpió el trago que estaba dando, alzó una ceja y dejó el vaso en la mesita ante él.

—Ah, no. No quiero saber nada de…

—¿Ni siquiera vas a escucharme? Es la casa del encargado de mantenimiento del museo, la que está pegada a la parte de atrás. El tío se acaba de casar, así que estará de luna de miel. La casa vacía, el museo cerrado todo el puto fin de semana, nadie en los alrededores. Es lo más sencillo del mundo.

—Tu último plan sencillo me tuvo año y medio en la trena. Si María te ve cuando llegue me da puerta, así que…

—Ya, ya… Dime, ¿qué tal se vive aquí?

Enrique se encogió de hombros.

—El alquiler es barato.

—Sí, joder, no digo que sea caro, es un puto contenedor de mercancías, ya me imagino que será barato. Lo que te he preguntado es qué tal se vive aquí.

Enrique miró a un lado y otro: algunos cuadros rescatados de la basura; la cortina roja que separaba el salón-cocina del minúsculo dormitorio; el sofá rajado, con el relleno amarillo asomando en algunos puntos como las tripas de un animal prehistórico. Una cucaracha correteaba por la pared. Detrás de la nevera había toda una colonia de ellas. A veces, al despertar, se las encontraba junto a su cara, en la almohada. A veces, en la ropa interior. Iban al calor. Las muy hijas de puta iban al calor.

—No se vive mal.

Arturo soltó una risotada.

—Deberías verte el careto. A mí no tienes que engañarme, hombre, que no soy tu madre. ¿Qué pensarías si te dijera que sé de buena tinta que ese idiota tiene varios millones escondidos en casa? De euros, ¿eh? Ojo, que hablo de euros, no de pesetas. Con tu parte tendrías para comprarte un chalecito en la playa y todavía te quedaría para un cochazo.

—Pues que le aproveche.

—¿Sí? Te digo que el tío es medio retrasado, si no nos lo llevamos nosotros se lo llevará otro… u otra. ¿Me has oído cuando te he dicho que se acaba de casar? Un pibón de la hostia. Tal y como yo lo veo, sólo hay una razón por la que una morena de bandera se case de buenas a primeras con un pringado justo después de que ese pringado clave un pleno al quince en una quiniela con trece variantes —dijo cogiendo un paquete de tabaco del bolsillo interior del abrigo y sacando dos cigarrillos de él. Le ofreció uno a Enrique, pero éste negó con la cabeza.

—Ya no fumo, así que no fumes tú tampoco. Si María huele a tabaco cuando llegue…

—¡Que no fumas! —exclamó Arturo volviendo a guardar los pitillos—. Chico, estás desconocido.

—¿No has leído lo que pone en las cajetillas? “Fumar produce impotencia y reduce la calidad del esperma”. María y yo queremos tener un crío.

—¡Hostia puta! Me dejas de piedra. La María, menuda hija de… —rió entre dientes—. Te tiene bien pillado, ¿eh?

—Se le ha metido en la cabeza, ¿qué coño quieres que haga?

Arturo echó un vistazo a su paquete de tabaco, todavía sonriendo. En la cajetilla se podía leer: “Fumar acorta la vida”. Le enseñó la inscripción a Enrique.

—Yo tengo más suerte. Nada de impotencia para mí, sólo una vida más corta, pero con la polla más tiesa de todo el extrarradio. Menos da una piedra. Ahora, que tú… un crío, madre mía… Y, dime, ¿ya has pensado cómo vais a pagar los pañales, los potitos? ¿Y la guardería? ¿O vas a cuidar tú de él? Porque no te veo limpiando caquitas. Por mucho que sea tu hijo, su culo no va a oler a Ajax Pino.

—Vale ya.

—Y luego el colegio, los libros, las vacunas, la ropa. Cuando el crío os pida unas Nike o una PlayStation, ¿qué le vais a decir?

—Te he dicho que vale ya.

Arturo alzó las manos a ambos lados de la cara en gesto conciliador. Sus ojos chispeaban. Apuró de un sorbo lo que quedaba en el vaso y masticó el último cubito de hielo.

—Lo que tú digas —dijo mientras se levantaba—. Sólo piénsatelo, ¿eh? Yo me abro. Estaré a las siete en El Rey de Espadas. Si vienes, de puta madre; si no, me busco a otro. Como te decía, la mierda de cabra abunda.

Enrique le acompañó hasta la puerta y se quedó un rato en el umbral viendo cómo su antiguo amigo ponía en marcha el Orión, daba media vuelta y, al cabo de unos segundos, desaparecía de su vista envuelto en una nube de polvo. Enrique dio un paso atrás, cerró la puerta, recogió los vasos, limpió uno de ellos y dejó el otro en el fregadero para que María lo viera al llegar. Después se giró y, apoyado en la encimera de la cocina, contempló el zulo en el que vivían María y él y que tarde o temprano deberían compartir con un bebé. Eran las cinco de la tarde. Lo siguió mirando hasta las cinco y cuarto.

A las siete menos diez, cruzaba la puerta de El Rey de Espadas.

 

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Un buen tipo

 

Pero eso fue entonces.

Ahora, una semana después, la niebla comenzaba a disiparse. Las voces fueron amortiguándose hasta desaparecer, y con ellas la paz que las acompañaba. La sensación era tan parecida a emerger lentamente desde las profundidades que por un segundo Enrique tuvo miedo de morir ahogado.

Gradualmente, tomó conciencia de su cuerpo, su peso. Seguía sentado. Un hormigueo comenzó a apoderarse de sus brazos y sus piernas. El hormigueo no tardó en ganar intensidad hasta convertirse en calor y, más tarde, en un dolor sordo. Enrique trató de moverse, pero no pudo. Comprendió que tenía los tobillos y las muñecas fuertemente atados a una silla.

No necesitaba abrir los ojos para saber que el plan de Arturo había demostrado tener más de un agujero, y eso que en El Rey de Espadas había afirmado tener información de primera mano, de la propia esposa del vigilante nada menos, con quien había acordado repartirse el botín después del palo.

—Toda una hembra —había asegurado Arturo mientras movía en círculos el vaso para que el hielo enfriara el güisqui que Enrique se había encargado de pagar esta vez—. El tal Lucio no sabe la víbora que ha metido en su cama.

Todo, absolutamente todo había salido mal. Aún confuso y mareado, Enrique recordó la casa a oscuras y silenciosa cuando llegaron, tal y como Arturo le había asegurado que estaría, la llave escondida en un macetero junto a la entrada, la puerta que abrieron sin esfuerzo, el pasillo que recorrieron sin otra luz que la de las minúsculas linternas que llevaron consigo. Y de pronto, el pañuelo en la cara, la linterna que caía y rodaba sobre la alfombra del pasillo iluminando inútilmente un par de pies enormes calzados en sendas botas de trabajo, el mundo que se deshilachaba ante su mirada y se hundía en un mar de niebla.

Con los ojos aún cerrados, Enrique sintió deseos de llorar. María habría llegado ya a casa, sin duda, y estaría preocupada por él. A medida que las horas pasaban y él seguía sin aparecer comenzaría a temerse lo peor: que había vuelto a las andadas, que los dos años que habían pasado juntos había sido tiempo perdido, que esta vez, tal y como ella había predicho, se le había acabado la suerte.

Y, en realidad, ¿podía afirmar que no estaba en lo cierto?

Enrique trató de borrar de su mente todo rastro de María y sus reproches mientras abría los ojos y se enfrentaba de nuevo al mundo. Cuando lo hizo, vio al hombre del buzo azul sentado a un par de metros de distancia, multiplicado dos, tres veces. Parpadeó hasta que su visión se aclaró. El hombre (Enrique supo enseguida que se trataba de Lucio) se interponía entre él y el flexo, pero la luz reflejada bastaba para distinguir sus facciones. Enrique calculó que rondaría los cuarenta o los cuarenta y cinco años, desde luego no llegaba a los cincuenta. Alto, fofo pero fuerte. Estaba sentado en un taburete de tres patas, con una servilleta de cuadros azules y blancos extendida sobre las rodillas. La mano zurda descansaba sobre la servilleta; en la diestra sujetaba un sándwich de ensaladilla rusa al que, a juzgar por su aspecto, apenas había dado un par de mordiscos.

Tras él, una lámpara de tulipa verde como las que se utilizan para iluminar las mesas billar arrancaba destellos plateados de las herramientas desperdigadas en un banco de trabajo. Las paredes sin ventanas del sótano quedaban ocultas en las sombras.

Si Lucio se había percatado de que Enrique había despertado, no hizo nada para demostrarlo; se limitó a alzar la mano diestra para llevarse el sándwich a la boca, dio un mordisco y luego apoyó de nuevo la mano en la servilleta mientras movía mecánicamente la mandíbula, como un niño al que le han dicho que hay que masticar veinte veces cada bocado antes de hacerlo pasar.

Cuando tragó, la nuez bailó arriba y abajo. Con el índice de la mano libre, recogió una, dos, tres migas de la servilleta, introdujo en la boca el dedo hasta la altura de la primera falange y después, con un chasquido como de botella de champán que se descorcha, lo sacó, reluciente.

—No te engañes —dijo, con la mirada perdida—. A pesar de las apariencias, no soy un mal tipo.

Enrique intentó liberarse, pero sólo consiguió que las sogas con las que estaba atado se clavaran con fuerza en los antebrazos.

—Nailon —dijo Lucio, dando otro mordisco a su sándwich—. Si sigues tirando te harán rebanadas los brazos como si fueran queso fresco.

Rió guturalmente con la boca llena.

Enrique gritó con todas sus fuerzas mientras intentaba liberarse de las ataduras. La silla dio un par de saltitos, pero apenas se movió del sitio. El hombre del buzo azul se limitó seguir comiendo su sándwich. Cuando lo terminó (se chupó, uno tras otro, los cinco dedos de la mano que había sostenido el bocadillo), a Enrique ya se le habían terminado las ganas de gritar y aguardaba con la barbilla hincada en el pecho.

—De verdad —dijo Lucio mientras doblaba la servilleta y la dejaba sobre el banco de trabajo, junto a las herramientas—. No soy un mal tipo. Te conviene recordarlo. Tu amigo lo olvidó y ahora está muerto.

Enrique alzó la cabeza y la giró hacia su derecha.

El cuerpo de Arturo descansaba en una silla idéntica a la suya, con los brazos y los tobillos atados con hilo de nailon a los travesaños del respaldo y las patas de madera. Estaba muerto, era obvio que estaba muerto: la cabeza que colgaba hacia atrás; la piel del cuello, lívida y tirante; el montículo inmóvil de la nuez. Un hilo de sangre le recorría la cara, desde la boca abierta en una mueca de terror hasta la frente, pasando por el ojo que aún seguía abierto, aunque opaco y sin vida. En la frente, la piel quemada y desgarrada dejaba a la vista parte del hueso frontal, del que sobresalían tres centímetros de broca de acero.

Enrique volvió a gritar pidiendo ayuda.

—Gritar no servirá de nada —murmuró Lucio—. El museo está cerrado y aunque no fuera así, el sótano está muy bien… ¿cómo se dice? Eh… ah… hum… Aislado.

“Soy un buen tipo”. Enrique recordó haber escuchado aquellas palabras como en un sueño, durante un breve despertar poco antes de oír los gritos de Arturo, que no tardaron en extinguirse bajo el zumbido eléctrico de un taladro. Desesperado, apartó la mirada del cadáver de su antiguo compañero e hincó la barbilla en el pecho.

—¿Qué le has hecho? —Sollozó.

—¿Yo? Nada. Ha sido él, que no se estaba quieto. Si hubiera sido un gatito bueno… —negó con la cabeza, súbitamente entristecido, y chasqueó la lengua—. Pero se movió y rompió la última broca para madera que me quedaba. ¿Qué te parece a ti eso?

Lucio se levantó y eclipsó la luz. Enrique calculó que mediría más de un metro noventa. Su espalda parecía no tener fin. Enrique recordaba haber visto en su infancia furgones de reparto más pequeños que Lucio, pero sólo unos pocos.

—No sé si una broca de vidia servirá igual. Habrá que arriesgarse.

Enrique tiró de los brazos una vez más, pero sólo logró que las cuerdas se clavaran en la carne. Algo caliente resbaló por sus dedos. Sangre. Dejó de hacer presión. Lucio había estado en lo cierto. Si seguía tirando sólo conseguiría que el nailon le hiciera rebanadas. Como queso fresco, recordó con un escalofrío. Como si fuera queso fresco.

Lucio le dio la espalda y caminó hasta el banco de trabajo. Una vez allí, revolvió entre varios tarros de cristal llenos de clavos, tacos de plástico, tornillos… hasta dar con la broca. La alzó ante sí y la contempló a la luz como contemplaría un practicante su jeringuilla para, después, ajustarla en el taladro, pulsar el gatillo dos veces y asentir con satisfacción al verla girar. Enrique se estremeció.

—No me… —la voz murió en sus labios. Se obligó a tragar saliva antes de continuar—. No me mates. No íbamos a haceros nada. ¡Pensábamos que estabais de luna de miel, por el amor de Dios!

Lucio giró la cabeza y le miró. La sorpresa brillaba en sus grandes ojos redondos.

—¿Matarte? No, no, no quiero matarte. Qué tontería. ¿Para qué iba a querer matarte yo? Eso sólo trae… eh… ah… complicaciones. Eso es, complicaciones.

—¿Entonces qué…?

—No es por mí, sino por mi esposa. Está tan atareada… Tiene tantos quehaceres… La colada, la limpieza, cuidarnos a mí y a la niña… Necesita alguien que la… hum… ayude, ¿entiendes? Y algo más, claro —añadió con un destello de picardía en sus ojos saltones—, pero eso no te lo puedo contar todavía, ¿verdad? No, claro que no.

Volvió a pulsar el gatillo del taladro. La broca bailó a la luz de la tulipa verde. Lucio la contempló con aire dubitativo.

—No sé si servirá, pero qué remedio queda —murmuró.

Enrique hincó de nuevo la barbilla en el pecho y sollozó.

—Estás loco, joder, loco de remate…

Lucio se detuvo ante él con el taladro alzado, sin decir nada, como si sopesara con mucho cuidado las palabras de su prisionero. Al cabo de unos segundos, sus labios se curvaron en una sonrisa cándida y sincera.

—Sí —respondió dulcemente, acercándose a él todavía con aquella sonrisa pintada en su boca y sus ojos azul cobalto—. La verdad es que sí. Soy un loco, tienes razón. Un loco enamorado.

Enrique no se movió cuando sintió la mano de Lucio en su hombro. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.

—Un loco enamorado… —suspiró Lucio, cogiéndole del pelo y obligándole a alzar la cabeza.

Con los ojos desmesuradamente abiertos, Enrique pudo ver el taladro en la mano diestra de Lucio, todavía a casi medio metro de su rostro, un Black&Decker verde con salpicaduras de sangre en la carcasa de plástico.

—Y ahora, quieto.

Lucio alzó la mano en la que sostenía el taladro. El motor eléctrico zumbaba. La broca giraba, enloquecida. Enrique gritó y trató de apartar la cabeza pero Lucio tiró aún con mayor fuerza del pelo y el grito de Enrique se convirtió en un aullido de dolor. Sintió en sus labios el remolino de aire que producía la broca al girar. Tensó los brazos y el nailon, esta vez sí, sajó la carne. La sangre discurrió por sus muñecas hasta las manos, y de allí goteó hasta el suelo. Sonó un crujido de madera a su espalda, y por un instante Enrique concibió esperanzas de que el respaldo se resquebrajara, pero el crujido no se repitió. Los brazos seguían atados. Lucio acercó el taladro a su rostro. Enrique podía ver ahora la broca a la perfección. Apuntaba directamente hacia su ojo derecho. El extremo era un círculo diminuto y borroso. El nudillo del dedo que apretaba el gatillo del taladro estaba blanco por la presión; el cable que salía del extremo del mango, tenso como una cuerda de guitarra.

El taladro ascendió hasta desaparecer de su campo de visión y entonces, de pronto, el zumbido se extinguió.

Enrique escuchó varios chasquidos sobre él y comprendió que se trataba del gatillo al ser pulsado una y otra vez sin ningún resultado. La mano que aprisionaba su cabello se relajó y Lucio se retiró unos centímetros.

La cabeza de Enrique saltó hacia delante. El corazón galopaba en su pecho como un caballo desbocado. En el último momento había perdido el control de la vejiga y ahora sentía cómo el pantalón vaquero se le pegaba, húmedo y caliente, al interior de los muslos. Sus brazos ardían de dolor. Miró a su derecha, hacia Arturo, que yacía inmóvil en su silla con la broca sobresaliendo de su frente como el asta truncada de un unicornio, y vio el cable del taladro que yacía fláccido sobre su regazo. Siguió su recorrido con la mirada hasta encontrar el enchufe vacío en la pared. La clavija descansaba en el hormigón a algunos centímetros de distancia.

—Claro —murmuró Lucio con voz monocorde—, qué tonto soy, tú estás más lejos.

Una voz infantil sonó a su espalda, tras la puerta del sótano:

—¿Papi? ¿Estás ahí abajo, papi?

Lucio se giró sosteniendo el taladro en la mano y Enrique, contemplando todavía la broca enterrada en la frente de su amigo, comprendió que todavía le quedaba una oportunidad de sobrevivir, quizá la última oportunidad.

 

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Entra Ángela

 

Su mente hervía. Si conseguía moverse a un lado y otro con suficiente fuerza, quizá la silla basculara. Si basculaba quizá lograra hacerla caer sobre la silla de Alejandro. Si tras el golpe ambas caían hacia el lado correcto, quizá pudiera hacerse con la broca enterrada en la frente de su amigo. Y, finalmente, si se hiciera con la broca, quizá fuera capaz de cortar con ella los hilos de nailon de sus muñecas.

Si… Si… Si…

Quizá… Quizá… Quizá…

Una cadena demasiado larga y demasiado improbable de condicionales, pero que representaba su única posibilidad de salir con vida de aquel sótano. En cualquier caso, no disponía de demasiado tiempo para ponerla en práctica. Lucio, tras dejar el taladro sobre el banco de trabajo, estaba caminando hacia la puerta. Enrique no sabía qué ocurriría cuando la abriera, cuánto tardaría en despachar al chiquillo o la chiquilla (“una niña”, recordó, “dijo que la madre tenía que cuidar de la niña”) que le llamaba desde el otro lado, de cuánto tiempo dispondría antes de que cerrara la puerta y decidiera acercar su silla hasta el enchufe, de modo que se movió tan rápidamente como pudo.

Mordiéndose los labios para mitigar el dolor en los antebrazos, hizo bascular su torso a un lado y otro hasta que las patas de la silla comenzaron a despegarse del suelo, (“ahí va el primer quizá”, pensó), primero las del lado izquierdo, después las del derecho.

Al fondo, Lucio abrió la puerta.

—Hola, cielo —dijo.

—Ah, así que estabas aquí abajo —sonó la voz de la chiquilla—. ¿Y ése quién es?

Enrique tuvo que detenerse y tratar de parecer desesperado al ver que Lucio se giraba y le contemplaba desde la puerta. No necesitó esforzarse demasiado.

—Un amigo —contestó Lucio.

—¿Estáis jugando?

Sin esperar respuesta, la niña esquivó a Lucio y corrió hacia el centro del sótano con un gatazo persa entre los brazos. Se detuvo junto al banco de trabajo y contempló a Enrique desde allí. Tendría unos siete años y era guapa como un ángel, con los ojos de un azul limpio y brillante y un delicioso hoyuelo en la barbilla. De la goma que sujetaba su cabello rubio y liso en una coleta habían escapado un par de mechones que le caían a cada lado de la cara, acariciándole las mejillas. A Enrique le pareció ver algo familiar en sus rasgos, pero estaba claro que no era hija de Lucio. Los ojos de la niña se fijaron en él.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Enrique, tratando de esbozar algo parecido a una sonrisa. Una oportunidad inesperada se había presentado ante él (más “síes” y “quizás”, podría decirse), y estaba dispuesto a aprovecharla, o al menos intentarlo.

—Ángela.

—Hola, Ángela. Yo me llamo Enrique.

—Hola —contestó alegremente la niña.

El gato movió la cola de un lado a otro. Por lo demás, permaneció inmóvil.

—¿Quieres jugar con nosotros?

Ángela le miró, dubitativa. Lucio, tras ella, cruzó los brazos y frunció el ceño.

—Es un juego… —Enrique trató de sonreír, pero de nuevo la sonrisa se deshizo en los labios. Sus siguientes palabras sonaron temblorosas—. Es un juego muy chulo, pero para seguir hace falta que alguien llame por teléfono. ¿Quieres hacerlo tú?

La niña no se movió. Enrique siguió hablando.

—Es el segundo nivel, la segunda fase del juego. Hay que llamar a un número súper fácil: dos unos y luego un dos. ¿A que es fácil? Y entonces explicas cómo es el juego y dónde vives…

—Estás sangrando —dijo la niña señalando el hormigón bajo la silla.

—Qué va. Si no es sangre, sólo es…

Pero su voz se hizo añicos y Enrique rompió a llorar.

Lucio no dejó que Ángela dijera nada más. Avanzó un par de pasos y se arrodilló frente a ella. Incluso de rodillas, ocultó por completo el cuerpo de la niña.

“Ya está bien, ya está bien, deja de llorar”, pensó Enrique, tratando de controlarse.

“Tenías un plan, ¿verdad? Pues ahora no te ven, adelante con él”.

—¿Le estás haciendo daño, papi? —preguntó la niña detrás de Lucio.

Enrique volvió a balancear el torso a un lado y otro. A un lado y otro.

—No, cariño, papi no le está haciendo daño. Papi le está haciendo bueno.

—¿Como a Félix?

El gato soltó un maullido ronco al escuchar su nombre.

Las patas de la silla comenzaron a despegarse del suelo en cada balanceo.

“Un poco más”. La cuerda de nailon se hundía en sus antebrazos con mayor profundidad en cada balanceo. Enrique cerró los ojos y apretó con fuerza los párpados tratando de ignorar el dolor. “Queso fresco. No es tu brazo, es sólo queso fresco”.

—Eso es, igual que a Felix. ¿A que ahora se porta mucho mejor?

La silla se inclinó hacia la izquierda y durante un segundo quedó en equilibro sobre dos patas, como si dudara entre caer o volver a su posición original. Enrique temió que cayera hacia aquel lado. Si lo hacía, todos sus esfuerzos habrían sido en vano. Inclinó el peso a la derecha y la silla comenzó a recuperar la verticalidad.

Frente a él, Lucio y Ángela seguían hablando.

—¿A que ya no araña?

—No.

“¡Ahora!”, exclamó Enrique para sus adentros cuando la silla volvió a balancearse, y esta vez trató de apoyar todo su peso en el lado derecho. La silla asentó las cuatro patas en el hormigón y siguió inclinándose hacia la derecha. Las patas del lado izquierdo quedaron en el aire. La silla se detuvo, en perfecto equilibrio y, entonces, comenzó a caer… hacia el lado correcto.

Chocó contra la silla de Arturo, que también se inclinó por efecto del golpe, y ambas cayeron juntas al suelo, como fichas de dominó.

Durante un segundo interminable, la visión de Enrique se nubló, pero pronto el sótano recobró nitidez a sus ojos. Sentía el hormigón frío y áspero contra el rostro. Había caído de medio lado, sobre el cadáver de Arturo, cuyas ataduras se habían roto en la caída. Los labios de su amigo, blandos y helados, le rozaban las yemas de los dedos. Frente a él, todo había girado noventa grados. El banco de trabajo parecía colgar de una pared en la que él tuviera apoyada la mejilla. A través de las patas metálicas pudo ver el calzado de trabajo de Lucio y los zapatitos de charol de la niña. Algo semejante a un plumero gris apareció un momento junto a los tobillos de Ángela y luego desapareció: la cola del gato.

—Será mejor que subas, cielo —dijo Lucio con voz monótona—. Papi tiene… eh… hum… trabajo.

—¿Está muerto?

Enrique cerró los ojos y permaneció inmóvil. Durante varios segundos sintió cómo los ojos de Lucio y la niña se clavaban en él.

—No, cariño, sólo dormido —dijo por fin Lucio.

—¿Cuándo acabes se portará igual de bien que Félix? —preguntó Ángela.

—Claro, y hará todo lo que mamá y tú le digáis.

—¡Qué guay!

Enrique escuchó el sonido de los zapatos de Ángela y las botas de Lucio, alejándose hacia la puerta.

 

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Un gatito bueno

 

Una vez la niña se hubiera marchado y Lucio hubiera cerrado la puerta, todo sucedería muy deprisa, y Enrique lo sabía. Trató de moverse y descubrió que por primera vez la suerte estaba de su parte: el respaldo de la silla se había roto en la caída y pudo mover los brazos libremente, aunque aún seguían atados el uno al otro a la altura de las muñecas. Hizo descender las manos hasta que se libró de los largueros de madera y luego volvió a alzarlos a su espalda. Al hacerlo, sus dedos tocaron otra vez los labios de Arturo y aquel tacto íntimo y blando le provocó escalofríos. Siguió alzando los brazos, sintiendo una llamarada de dolor cada vez más intensa a medida que ascendían, centímetro a centímetro. Los dedos recorrieron el contorno de la nariz de su amigo, primero las aletas, luego el puente. Tanteó alrededor del entrecejo hasta que encontró la broca firmemente encajada en la frente de Arturo. Enrique tomó aire mientras Lucio se despedía de su hija y cerraba de nuevo la puerta del sótano. El extremo libre de la broca era muy pequeño. Tendría que ser cuidadoso.

Hizo presa de ella entre los dedos índice y corazón de la mano diestra y comenzó a tirar, pero el metal resbaló entre los dedos empapados de sangre. Enrique entreabrió los ojos un segundo y vio a Lucio de vuelta en el banco de trabajo, asegurándose de que la broca estaba bien afianzada en el taladro. Los cerró de nuevo y volvió a intentar extraer la broca de la cabeza de Arturo. Al tercer intento, sus dedos índice y corazón se cerraron con fuerza alrededor de ella. Comenzó a hacerla bascular a izquierda y derecha y cuando notó que bailaba con cierta holgura en el agujero, flexionó los dedos para atraerla hacia sí. Lentamente, muy lentamente, la broca fue saliendo con un chapoteo grave, como una cucharilla que emergiera lentamente de un tarro de mermelada.

Mermelada de fresa.

“Vamos, vamos”, dijo Enrique para sus adentros. Cuando extrajo por completo la broca, la apretó con fuerza hasta sentir cómo la espiral de acero se le clavaba en la palma de la mano.

Tras enchufar de nuevo el taladro, Lucio se inclinó sobre él.

—Mira la que has liado —dijo Lucio, moviendo la cabeza a izquierda y derecha—. Dos sillas nuevas para tirar a la basura.

Enrique no respondió. Por lo visto, Lucio creía que seguía inconsciente. Bien, pues que siguiera creyéndolo. Con los ojos cerrados, trató de no mover un sólo músculo de su cuerpo, aparte de los dedos, que deslizaban la broca arriba y abajo sobre los hilos de nailon. Con cada movimiento, el filo en espiral cortaba un par de hebras. La presión de los hilos clavados en su brazo y sus muñecas comenzaba a aflojar.

De pronto escuchó el zumbido agudo del taladro junto a su oreja y abrió los ojos con el corazón golpeándole furiosamente en el pecho.

Lucio estaba acuclillado frente a él, y le apuntaba la sien derecha con el taladro. Sonreía.

—Ya sabía yo que esto te haría despertar —dijo apretando una vez más el gatillo del taladro junto a su sien, sin dejar de sonreír—. Espero que no te muevas más, que hayas comprendido que no sirve de nada. ¿Vas a ser un… ah… hum… un gatito bueno?

Enrique asintió con la cabeza como si le fuera la vida en ello mientras enroscaba los dedos de la mano zurda, al fin liberada, alrededor del respaldo roto de la silla.

—Muy bien. Sí, señor, como debe ser.

Lucio apartó el taladro de la sien de Enrique y lo dirigió lentamente hacia su frente. El motor eléctrico volvió a rugir en el sótano. Entonces Enrique se movió.

Levantó el brazo con tanta rapidez que el respaldo de la silla zumbó al surcar el aire. Al travesaño superior seguían unidos tres de los largueros con las puntas astilladas. Enrique golpeó con ellos la mano de Lucio. El taladro escapó de sus dedos y cayó al suelo, donde dio un par de tumbos antes de detenerse como un pez fuera del agua. Lucio abrió desmesuradamente los ojos. Trató de alzar la otra mano para defenderse, pero fue demasiado lento. Enrique volvió a alzar el respaldo y lo dirigió hacia su rostro con todas sus fuerzas.

El primer travesaño atravesó el ojo izquierdo de Lucio y se hundió profundamente en la cuenca ocular, de la que comenzó a rezumar un humor amarillento y gelatinoso. El segundo travesaño se hundió otro tanto en la boca. El tercero se clavó en la garganta, a la izquierda de la nuez, hasta sobresalir por la nuca. La sangre comenzó a manar a borbotones.

—¿Qué te parece, eh? —gritó Enrique, fuera de sí. La sangre de Lucio le resbalaba por la cara—. ¿Qué te parece, eh, hijo de puta?

El cuerpo de Lucio se sacudía en espasmos incontrolables. El ojo derecho estaba muy abierto, pero su expresión, que había sido de sorpresa, comenzaba ya a desaparecer de él.

Enrique gritó con más fuerza. Se incorporó apoyándose en el brazo libre. Tiró del respaldo hacia sí, y cuando los extremos de los travesaños hubieron salido casi por completo del cuerpo de Lucio, empujó de nuevo hacia dentro con todas sus fuerzas. Sonó un crujido cuando la punta del larguero clavado en el ojo de Lucio atravesó el cráneo y asomó tras la cabeza.

Lucio comenzó a caer hacia atrás arrastrando con él a Enrique, cuyos dedos seguían aferrados al respaldo de la silla. Quedaron tendidos en el suelo, el uno sobre el otro como dos amantes. Enrique soltó la madera y se irguió cuanto pudo para contemplar a su captor. Con los tobillos todavía atados a las patas de lo que quedaba de la silla, comenzó a reír salvajemente.

—¿Quién es el gatito bueno ahora, eh? ¿Quién es, eh, dime, quién es? ¿Quién es el PUTO GATITO?

No escuchó el sonido de la puerta al abrirse, ni la exclamación de asombro a su espalda, ni los pasos sobre el hormigón. Sólo oía su risa, su risa salvaje. Cuando quiso darse cuenta, ya era tarde.

Algo le golpeó con fuerza la cabeza. Se desplomó sobre el cadáver mientras sentía que todo daba vueltas a su alrededor. Lo último que vio antes de perder la consciencia fueron las patillas de Lucio y algo que le pareció cuando menos extraño: unos centímetros sobre la oreja, Lucio tenía una pequeña cicatriz, negra y redonda. Su extrañeza, sin embargo no duró demasiado. El mundo pronto se volvió gris, y luego desapareció.

La niebla había vuelto.

Segunda parte

En la niebla (2)

 

Esta vez estaba solo. No había voces ni risas. Tan solo aquel silencio que lo cubría todo como una gruesa capa de aceite. Enrique estaba en pie, rodeado de niebla blanca y pegajosa. Cuando giraba la cabeza a un lado y otro no podía ver nada.

Miró hacia abajo. Sus piernas desaparecían en la niebla. No notaba nada bajo los pies. Flotaba.

Y sin embargo, cuando quiso caminar, caminó.

Pasaron minutos, pasaron horas.

Pero, por fin, una eternidad después, distinguió una voz en la distancia. La voz repetía su nombre, así que Enrique se dirigió hacia ella. Con cada paso, la voz era más clara.

—… despierta… despierta, Enrique… —repetía.

Una figura con los brazos extendidos hacia él surgió de la niebla y una corriente de tranquilidad le inundó. Era María. María con los brazos abiertos, llamándole. Enrique caminó, corrió hacia ella…

—… despierta… vamos de una vez… despierta…

… Pero cuando trató de abrazarla, la imagen se deshizo en hilachas de niebla entre sus brazos.

—¡Despierta, vamos, grandísimo…

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La mujer de Lucio

 

—… hijo de puta, despierta de una vez!

Enrique parpadeó, y comprendió que había despertado. Volvía a tener las manos atadas a la espalda, pero en esta ocasión estaba sentado sobre el suelo de hormigón. Sus brazos, estirados hacia atrás y atados por las muñecas, rodeaban una tubería metálica que salía del suelo del sótano y subía más allá del techo. Frente a él, una mujer acuclillada le zarandeaba a un lado y otro.

—¡Vamos, despiértate, joder!

—Estoy… despierto —murmuró Enrique.

La mujer se detuvo y le miró fijamente a los ojos. Su cuerpo se interponía entre él y la lámpara que colgaba sobre el banco de trabajo. Su rostro, visto a contraluz, no era más que una sombra negra e inmóvil en la que chispeaban dos pupilas, como hogueras en la lejanía. Cuando la mujer parpadeó, las hogueras titilaron.

Se apartó unos centímetros y le abofeteó. Enrique giró la cabeza por efecto del golpe y entonces vio a Lucio tendido en el suelo a un par de metros de distancia, sobre un gran charco de sangre. Estaba tumbado boca arriba con el respaldo de la silla todavía clavado en la cara. Se preguntó si lo que había visto antes de que le golpearan en la cabeza sería cierto, si la cicatriz en su cabeza sería real o tan solo producto de su imaginación. Más allá estaba el cuerpo de Arturo, doblado en una postura extraña, con las ligaduras sujetando todavía tobillos y brazos a la silla desvencijada de madera.

María siempre decía que si quería tener alguna posibilidad con ella, si de verdad quería ir en serio, debería romper con su vida anterior. Se preguntó qué diría si pudiese ver el cadáver de Arturo desmadejado en el suelo como un títere al que han cortado los hilos. Probablemente sonreiría. Quizá se conmocionara y se llevara una mano a la boca como sofocando un grito pero dentro, muy dentro de ella, algo sonreiría. Enrique estaba seguro. ¿Por qué no? Un rival menos, otro paso hacia el trabajo estable, el piso de protección oficial que ocupar con dos mocosos y un perro que mease en sus zapatillas. Es decir, lo que ella llamaba una familia convencional. Salvo que cuando ella pronunciaba aquellas palabras (por lo general tras una agotadora e interminable discusión) no decía “una familia convencional”, sino UNA FAMILIA CONVENCIONAL y Enrique casi podía ver las palabras en rutilantes letras de neón, flotando alrededor de su cabeza como el halo místico de los santos. De modo que sí, seguramente una parte de ella, o la mayor parte de ella esbozaría una sonrisa de oreja a oreja al ver el cadáver de Arturo.

Algo suave y caliente le rozó la comisura de los labios. Cuando Enrique lo atrapó con la punta de la lengua paladeó el sabor ferroso y salado de la sangre. Aquella hija de puta debía de tener un anillo.

“Pues claro que tiene un anillo”, se dijo. “Su anillo de casada”.

La mujer se incorporó y se lo quedó mirando durante unos segundos desde las alturas. Cuando se apartó a un lado y la luz le dio en el rostro, Enrique pudo ver los ojos verdes, el pelo negro (se lo había alisado y teñido, pero, ¿qué más daba?), el mohín cruel en sus labios finos. Un presentimiento trepó por su espalda y se clavó como una aguja helada en su nuca.

Tragó saliva y a duras penas consiguió preguntar:

—¿Sa… Samantha?

La mujer se echó a reír. Enrique conocía demasiado bien aquella risa como para no sentir un escalofrío al escucharla.

—Arturo me llamaba Elisa cuando follábamos —Samantha soltó una carcajada despectiva—, pero supongo que siempre seré Samantha para ti. Cuando te vi en aquella foto en su móvil… ¿De verdad te llamas Enrique? ¿Es tu nombre real o es otro alias?

Enrique cerró los ojos, incapaz de creer la situación en la que se encontraba.

—También me dijo que habías sentado la cabeza. Con una pavisosa, una tal María nosequé. ¿Es cierto eso, Enrique?

Samantha llevó la pierna atrás y luego la descargó con todas sus fuerzas en el costado de Enrique, que dio un tumbo y se quedó sin respiración durante unos segundos. El dolor trepaba por su costado como una enredadera.

—¿Tan rápido te has olvidado, Enrique?

Enrique jadeó en el suelo, incapaz de articular palabra.

—Antes hacías más daño con la lengua que con las botas —dijo cuando recuperó el resuello—. Echo de menos aquellos tiempos.

—Eran buenos tiempos, ¿verdad? —respondió ella con una sonrisa cargada de desprecio mientras se apartaba de la cara un mechón de pelo.

—La verdad es que sí.

—Bueno, éstos tampoco están mal. Tienen sus compensaciones —dijo Samantha, pateándole esta vez la entrepierna.

Enrique alzó las piernas con los muslos fuertemente apretados en uno contra el otro y quedó tendido boca arriba como un perro. Le habría gustado gritar, pero el dolor era tal que gritar le resultaba imposible. De pronto habían dejado de existir el sótano, las sogas, los músculos doloridos de los brazos, la dureza del hormigón bajo su espalda… De pronto todo se había comprimido y concentrado en sus pelotas, un palpitante Big Crunch que amenazaba con estallar para generar nuevos universos de dolor. De los ojos fuertemente cerrados manaban gruesos lagrimones que se deslizaban por sus pómulos hasta la mandíbula y, de ahí, al suelo.

Samantha aprovechó la postura de Enrique para propinarle otra patada. La puntera de la bota impactó directamente contra su coxis.

Y Enrique descubrió que aún podía sentir más dolor. Y esta vez gritó, gritó hasta desgañitarse, retorciéndose en el suelo como una serpiente a la que le acaban de cortar la cabeza.

—Tienen sus compensaciones —repitió Samantha con una mueca de desprecio—. Por lo menos para mí, hijo de puta.

Después dio media vuelta, apagó la luz y salió del sótano.

 

FIN DEL ADELANTO GRATUITO

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